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30 de abril de 2009

La larga marcha y la Guerra Civil China

En el año 1919, y tras los acontecimientos de protesta estudiantil del 4 de mayo, un grupo de intelectuales, entre los cuales Mao Zedong, decide juntarse para intentar llevar a cabo sus ideales políticos de impulsar una Revolución; para que ésta tuviera gran repercusión era necesario implicar al máximo de personas posibles, a la población en general, que en definitiva era la que más sufría las consecuencias de la opresión política. Así es como nació el Partido Comunista, un pequeño grupo sin importancia en los años 20 que no suponía ningún peligro para el entonces fuerte Partido Nacionalista (Kuomintang). Por consiguiente, con el fin de lograr una unidad nacional, Sun Yat-sen accede a unirse con el Partido Comunista y firmar un acuerdo basado en tres principios básicos: nacionalismo, democracia y bienestar social. Sin embargo, a la muerte del líder nacionalista, Chiang Kai-shek ocupa el cargo, pero siguiendo unas políticas muy autoritarias, que no son bien aceptadas por el Partido Comunista, e incluso por algunos miembros del mismo partido, que acaban abandonándolo. El propio partido de los comunistas también se encontraba en esta fragmentación dentro de sus filas.

En pleno período de los Señores de la Guerra, Chiang Kai-shek decide llevar a cabo una reconquista hacia el norte para reunificar todo el Estado. Como ya hemos visto en el Ejercicio A, el avance del Partido Nacionalista empieza a crear los primeros grandes roces con el Partido Comunista como consecuencia del descontento de una parte importante de la población (campesinos, obreros e intelectuales) que estaba descontenta con la figura de Chiang. En el 1927 se produce una Revolución Proletaria que coloca en el poder al Partido Comunista; sin embargo, pocos días después el Kuomintang organiza un golpe de Estado militar para derrocar el comunismo y para acabar con la insurrección. A pesar de la derrota (por falta de un líder claro dentro del Partido), la lucha de clases no se ve disminuida, muy al contrario; alejados del centro de poder, algunas de las principales figuras del comunismo chino como Zhou Enlai, y encabezados por Mao Zedong, crean poco a poco su propio ejército, conocido como el Ejército Rojo, para apoyar a los campesinos y para luchar contra el Kuomintang.

Tras la Revolución Proletaria del 1927, el Partido Nacionalista está centrado en su lucha por combatir el comunismo y en realizar unas reformas a nivel económico y social que mejoren la situación del país. Ante este panorama, Chiang Kai-shek no concede ninguna prioridad a los ataques que está sufriendo el país en la zona de Manchuria y del Norte de China hasta los límites del Yangtze por parte del ejército japonés, sumido en sus ansias de expansionismo, tal y como muestra el Documento 7. Ésta es la ocasión ideal para Mao de poner en juego a su Ejército y da inicio a la Larga Marcha. Un Primer Ejército, compuesto por 100.000 hombres, parte de la provincia de Fujian en dirección hacia el interior hasta Yunnan y desde allí hacia el norte con destino final Yan’an, atravesando 11 provincias durante un año. Si bien durante el transcurso de esta aventura murieron muchos soldados y se creía que sería un desastre, resultó ser una gran baza para Mao, ya que fueron estos soldados los que hacían frente al ejército imperialista japonés[1] que avanzaba por el país con la intención de seguir con sus propósitos expansionistas. En 1945 el ejército japonés es obligado a abandonar su objetivo y a rendirse tras la presión norteamericana, que hace firmar la rendición con el Partido Nacionalista y no con el Partido Comunista[2]. Ante este reconocimiento internacional, el Kuomintang se siente optimista y con fuerza para seguir combatiendo el comunismo.

No obstante, cuando el Kuomintang se siente más esperanzado para seguir su causa, es cuando la sociedad china sufre las consecuencias de la Guerra y es víctima de una situación económica desastrosa y de un caos político muy grande, que provoca un sentimiento de frustración social; la población encuentra en el Partido Comunista el apoyo necesario para llevar a término una Revolución Popular que culmina en Guerra Civil en el 1947. No es hasta 1949 que el Partido Comunista consigue derrocar al Partido Nacionalista, tras una táctica basada en la paciencia, la que le hacía falta para reunir el máximo apoyo: tenían que convencer a los campesinos y a la clase obrera de que ellos podían ofrecerle lo que ellos realmente necesitaban para prosperar.

[1] “The Long March is a manifesto. It has proclaimed to the world that the Red Army is an army of heroes, while the imperialists and their running dogs, Chiang Kai-shek and his like, are impotent”. ZEDONG, Mao (1935). On Tactics Against Japanese Imperialism. Disponible en http://english.pladaily.com.cn/site2/special-reports/2006-08/14/content_554037.htm
[2] En el contexto de la Guerra Fría, no hay que olvidar que la principal lucha de Estados Unidos es combatir el comunismo, con lo que es natural que dieran su apoyo al Partido Nacionalista.

21 de febrero de 2009

Japón y China a principios del s.XIX

El siglo XIX representa, tanto en China como en Japón, el punto de partida del cambio absoluto que sufren ambos países especialmente en el ámbito político y, consecuentemente, en el terreno económico y social: el siglo XIX simboliza la entrada al mundo moderno.

Esta irrupción en la modernidad no se produjo de manera paralela ni simultánea. Concerniente a China, la dinastía Qing, con Qianlong al poder, empieza a sufrir las primeras consecuencias de un dominio marcado por la corrupción en los cargos de la administración del estado, derivadas de la fuerte centralización del gobierno[1]. Las arcas del estado comienzan a escasear, ya que estos fondos habían servido para sufragar los gastos de las revueltas de la época, así como los dispendios de la Corte. A nivel social, se vive un continuo crecimiento demográfico en época de recesión económica que, juntamente con la escasez de las tierras[2] y el aumento de los tributos, provoca los primeros malestares entre la población. Del mismo modo, el estancamiento político y económico incita a grandes choques entre linajes y las diferentes etnias; la posterior devaluación de la moneda (y su efecto inminente sobre la capa más pobre de la sociedad) y el aumento del precio de las tierras por la caída de las rentas agrícolas agudizan el descontento social que acaban provocando “la terrible explosión social que desde hacía 50 años venían anunciando ya numerosos signos precursores”[3]. Así pues, es en este momento en que se originan numerosas rebeliones, levantamientos, motines y todo tipo de insurrecciones por todo el Imperio. De entre ellos, cabe destacar la importante Rebelión de los Taiping (1851), cuya base se entreteje a partir del rechazo de a la burocracia gobernante y en favor de las clases menos aventajadas de la sociedad. Este grupo revolucionario da pie a la creación de sociedades secretas y sectas religiosas, que promovían una nueva organización social que los liberara de la opresión a la que se veían sometidos y ocasionando graves desequilibrios en el gobierno manchú. No obstante, éstos no fueron los únicos acontecimientos transcendentales durante este periodo; China mantiene relaciones con algunos países extranjeros fundamentadas en el poder del Tianming[4] y de su preponderancia por encima de todos los países extranjeros. Las relaciones comerciales entre China (especialmente en la zona de Cantón[5]) y sus socios extranjeros eran muy restrictivas, lo que condujo a la persecución china de la comercialización de todos los productos que podían frenar su desarrollo, por ejemplo del opio británico[6]. Oponerse a la superioridad del Imperio británico supuso para China la pérdida de unas ventajas comerciales, puesto que muchos de sus puertos se vieron abiertos a las potencias occidentales que pululaban en la zona. China veía como Occidente entraba en su panorama socio-económico con la firma del Tratado de Nanjing[7].

Japón, por su parte, también es víctima de enfrentamientos sociales fruto del choque con el sistema imperial vigente en el país. A diferencia de China, el Emperador japonés[8] sólo ostentaba un poder religioso y espiritual, mientras que el poder político y militar estaba en manos del shogunato[9]. El sistema social es estructuralmente muy jerarquizado; los samuráis, la nobleza y las cortes se encuentran en los estratos más altos del escalafón; los comerciantes, religiosos y la población urbana se sitúan, por contra, en los escalones más bajos de la sociedad. Sin embargo, las ciudades poco a poco se van urbanizando, de manera que la creciente demanda implica un crecimiento considerable de la producción en general, que cada vez más se va especializando y variando. Por consiguiente, lo que anteriormente constituía una economía de autoabastecimiento, en ese momento se convierte en una producción de mercado. Frente al auge de la clase comerciante, los samuráis ven cómo su papel en la sociedad es rebajado en detrimento de la nueva clase emergente de poderosos mercaderes. Asimismo la rápida urbanización repercute en las zonas rurales, que observan impotentes cómo se convierten cada día en más pobres. A pesar de sus quejas y de las revueltas que protagonizan, la presión más fuerte que recibe la corte imperial es la ejecutada por los samuráis de clase más baja y los comerciantes influyentes que unen sus fuerzas para combatir las estrictas y obsoletas normas feudales, y en pro de conseguir una unidad nacional con la figura del Emperador al frente. Estimaban que tanto la economía como la organización del estado precisaban una reestructuración inmediata, y al contrario de la actitud temerosa de China ante la presencia extranjera, en Japón brotaron importantes grupos que apostaban por apoyar dicha reestructuración sobre los modelos occidentales. El objetivo era claro: para no caer en la decadencia de su vecino -China- era necesario modernizar e industrializar el país adaptando las técnicas occidentales a su civilización de forma que situara al país en igualdad de condiciones ante el mundo más potente. En conclusión, este análisis comparativo ilustra que si bien el siglo XIX supone para China un descenso de su potencial y el inicio del fin de su sistema dinástico, para Japón significa el primer paso para convertirse en la gran potencia mundial que demostrará ser en el siglo posterior.

[1] El Emperador concentra en su figura todos los poderes (político y militar) y lleva a cabo un control muy estricto del Imperio. Grado de centralización muy elevado.
[2] Las tierras se concentraban en manos de unos pocos señores terratenientes ricos.
[3] Tal y como apunta J. Gernet, las rebeliones más destacadas son la del Loto Blanco y del Orden Celeste -en el norte-, las de las costas de Guangdong, Fujian y Zhejiang a causa de la reaparición de la piratería, mientras que en el sur los campesinos y la población no china también hacen lo propio. [GERNET, J. (2005). El mundo chino. Barcelona: Crítica, p.483]
[4] Hace alusión a la figura del Emperador como poseedor del Mandato del Cielo.
[5] Estos comerciantes crean un monopolio conocido con el nombre de Cohong, a través del cual se obtienen cuantiosos beneficios.
[6] El comercio del opio indio con el Imperio británico era muy prolífico, con lo que obstaculizaba la entrada de dinero que generaba este comercio en China.
[7] MARTÍNEZ ROBLES D. Penetración extranjera y rebeliones internas.
[8] En el siglo XIX la dinastía imperial era la perteneciente al clan Tokugawa.
[9] Es lo que se conoce como el sistema Bakufu.

1 de febrero de 2009

Imperio Manchú - Dinastía Qing

La extensión del imperio manchú durante la dinastía Qing.
Uno de los rasgos que más caracterizan a esta dinastía, especialmente en la primera etapa de mandato es la política expansionista llevada a cabo por los grandes emperadores Qianlong y Kangxi. La extensión del imperio se prolonga más allá de los límites del territorio chino en la etapa anterior y abarca también todo el territorio de Mongolia, la península de Corea, Manchuria, Taiwán (llamada Formosa en esa época), las estepas de Asia Central y el Tíbet, dando lugar a un territorio de más de 120 km2. La conquista de estos territorios fue posible porque la dinastía Qing jugó tanto con sus vecinos como con los propios chinos un papel estratégico: “The Qing had come to power because of their success at winning Chinese over to their side”[1]. Las causas del éxito de los manchúes para acabar con la dinastía Ming y establecer su propia dinastía fueron muy variadas. Por un lado, un grosso importante de jürchen[2] habían abandonado sus tierras para establecerse más hacia el sur, pero otra parte importante se había quedado en el norte y estaba ansiosa por expansionarse. Además estas tribus (entre las cuales se encuentran los jürchen) se habían ido sedentarizando e incluso algunas, por influencia china, habían incluso adoptado formas chinas y se había ido enriqueciendo paulatinamente. Por otro lado, en esa época, Manchuria no estaba “integrada en la administración del imperio, sino dominada por una serie de destacamentos militares”[3]. Por mucho que los pueblos del norte siempre habían supuesto una gran amenaza para las dinastías chinas, parece que los Ming habían asimilado el problema y habían dejado la frontera algo desprotegida de las posibles incursiones. La sólida organización guerrera de los jürchen acabó pasando factura. Con la llegada al poder de los manchúes y el establecimiento de la dinastía Qing, el imperio chino llegó dio paso a “un nuevo período de auge, denominado por los historiadores como Prosperidad de las gobernaciones de Kangxi, Yongzheng y Qianlong”[4]. Para ello, los manchúes tomaron la decisión de compaginar el modelo sínico con el modelo manchú. Algunas de las determinaciones que tomaron eran fruto de su propio proceso de sinización, mientras que otras no eran más que la práctica de sus propias costumbres. Huelga decir que durante casi tres siglos de mandato, se sucedieron numerosos emperadores y regentes y no todos ellos impusieron las mismas medidas. Algunas fueron mejor aceptadas que otras y tuvieron una repercusión más o menos positiva en la sociedad china. Sin embargo, a parte de las tensiones evidentes generadas por el sistema impuesto por parte de los manchúes a los chinos[5], la implantación de la dinastía Qing trajo consigo la reacción de inicial de unos ciudadanos que estaban viendo como de nuevo estaban siendo gobernados por una dinastía de origen extranjero[6].
Hemos visto que una parte considerable de la población, asumía el nuevo gobierno con dignidad porque consideraban que la situación tan precaria que habían dejado los Ming no podía agravarse con los Qing. Un número considerable de señores feudales optaron por el suicidio tras la caída de los Ming, puesto que preferían dejar de vivir que vivir una pérdida de su poder político y económico. Sin embargo, sí existían focos de resistencia, especialmente por parte de los generales partidarios de los Ming que “refugiados en el Sur, contaban con la ayuda de los piratas de Taiwán”[7]. Finalmente éstos fueron reprimidos y como consecuencia de ello, Taiwán pasó a anexionarse al territorio chino. Asimismo, algunos detractores civiles fueron tomados en cautividad por su negación a la nueva dinastía foránea, aunque también muchos otros acabaron convirtiéndose en auténticos manchúes.

La etapa final de la dinastía -primeros dos tercios del s. XIX - se caracterizan por los grandes retos que tuvo que afrontar. El expansionismo y el subsiguiente crecimiento demográfico implicaban unos gastos ingentes que se costeaban con los fondos del estado y que ponían en serio peligro las finanzas del imperio. Este hecho unido a la gradual corrupción de los altos cargos de la Administración desencadenó una degradación del clima social y el pertinente descontento de la población, que empezó a aglutinarse para llevar a cabo insurrecciones internas relevantes (tal y como se plasma en el mapa, las más importantes fueron las rebeliones musulmanas -en Yunnan, Shaanxi, Gansu y Xinjiang- y la rebelión Taiping). Los gobernantes eran incapaces de gestionar la problemática político-social y es justo en este momento en que irrumpe la llegada de las potencias extranjeras a China. Durante el final del s. XIX, estas potencias serán las que ocasionarán grandes enfrentamientos en territorio chino y, tras la Rebelión de los Bóxers, propician la caída de la dinastía Qing, del Imperio dinástico y se proclama la República. La historia china entró en una etapa totalmente nueva tras la desaparición de la dinastía Qing; se derrocó el sistema feudal que había dominado en China durante más de dos mil años, lo que marcaría el paso de una China tradicional a la China moderna actual.

Ahora bien, afirmar que la crisis del imperio es consecuencia directa de la llegada de los occidentales es quizá ser demasiado categórico. Como hemos visto, la estabilidad lograda durante esta dinastía propició una consecuente prosperidad que cristalizaría en un aumento muy alto de la población: a finales del siglo XVIII, China contaba ya con 300 millones de habitantes[8]. Sin embargo, “there was no industry or trade of sufficient scope to absorb the surplus labor”[9], lo que generaría graves problemas internos de origen económico, que finalmente conducirán a las revueltas populares que contribuirán a derrotar al sistema. Asimismo, durante esta dinastía, China adquirió unas dimensiones espectaculares. Sin embargo, esta coalición de territorios de diferentes orígenes bien tiene sus graves consecuencias. Todas las culturas que integraron el territorio fueron adquiriendo y absorbiendo la cultura base, la china; si bien este era un factor sine qua non para el éxito de la consolidación del imperio, planteaba serios perjuicios en las costumbres, lenguas, literaturas, etc. de origen de todas ellas, alterando seriamente sus modelos socio-culturales[10] y generando una serie de tensiones que alimentaban el crispamiento de los grupos que protagonizaron los levantamientos que acabarían a la larga con la dinastía. Igualmente, a fin de abastecer, de poblar y de potenciar el comercio con las regiones más apartadas del imperio (zonas del norte o el Xinjiang), los manchúes obligaron a muchos ciudadanos chinos a emigrar forzosamente a estas zonas, ensalzando las reacciones opuestas de estos desplazados[11]. Dicho esto, en conclusión se podría afirmar que nuevamente (al igual que sucedió con Japón) es la convergencia de los dos factores los que propician la crisis del imperio chino.

[1] "China". Encyclopædia Britannica. Encyclopædia Britannica Online: UOC
[2] Por su localización geográfica, el territorio conocido como Manchuria ha sido el punto de encuentro de numerosas culturas (china, siberiana, mongola, coreana), aspecto que se ha visto reflejado por la diversidad de pueblos nómadas que han surgido de esta zona, lo que ha hecho que algunos expertos en la materia lleguen a catalogarla como “a loose conglomeration of tribes” [HUANG, Pei, (Jun. 1990). New Light on The Origins of The Manchus, Harvard Journal of Asiatic Studies, Vol. 50, No.1, p. 249]. Una de estas tribus es la que se conoce con el nombre de “jürchen”; este pueblo procedía de la región de Amur y se considera que son los antepasados más directos de los posteriores manchúes.
[3] www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/1820.htm
[4] http://espanol.cri.cn/chinaabc/chapter14/chapter140111.htm
[5] Estratificación étnica que situaba a los manchúes por encima de los chinos; Encarcelaciones o ejecuciones de aquellos que escribían algo considerado ofensivo para la corte imperial eran muy frecuentes; Los aspirantes manchúes a las carreras burocráticas eran favorecidos sobre los chinos, a pesar de los exámenes que se hacían; Política de autarquía y aislamiento del resto del mundo; Prohibición de los matrimonios mixtos; Obligación para los vencidos de hacerse el peinado manchú (la coleta), como signo de sumisión; Vestimenta típicamente manchú; Segregación territorial, dividiéndose en barrios chinos y manchúes; Obligación para los chinos de desempeñar las actividades productivas; Prohibición para los chinos de emigrar a territorio manchú.
[6] Tras el paso de la Dinastía Yuan de origen mongol (1271-1368)
[7] www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/1820.htm
[8] Las consecuencias de este importante aumento de población son el origen de la dimensión de población existente hoy en día.
[9] www.upf.edu/materials/huma/central/historia/asiaweb/materials/historia/histxina.htm
[10] Podría entreverse en este punto el origen de los problemas étnicos actuales e China.
[11] Y que, como ya hemos visto, protagonizan las rebeliones musulmanas.

5 de enero de 2009

Constitución Meiji

La redacción de la Constitución Meiji supuso para Japón una serie de cambios a nivel político, económico y social que, muy a pesar de que no procedían de un programa concreto para llevarlos a cabo, se fueron dando de manera muy gradual (y a veces muy lentamente). Una de las acciones que marcan el nuevo período es el traslado de la capital desde Kyoto a Edo (antiguo Tokyo). Tal y como puede apreciarse en el capítulo 1 de la Constitución, el Emperador concentra ahora una serie de poderes que antes eran impensables. Debe ejercer sus poderes en plena soberanía: tiene el poder legislativo; convoca la Dieta; tiene la potestad para declarar la guerra, la paz y aceptar tratados; es el jeje militar y como tal organiza las fuerzas de defensa; puede promulgar ordenanzas especiales en nombre de la Dieta en caso de extrema urgencia y seguridad nacional y ordena las leyes para que sean ejecutadas, entre otras misiones. Por lo tanto, el papel simbólico que tenía anteriormente deja de existir.

En el ámbito político, además, se reorganiza el sistema administrativo, creando dos cámaras legislativas o Dieta: la Cámara Alta (formada por la nobleza) y la Cámara Baja (constituida por miembros escogidos por sufragio universal), así como se da paso a la constitución del Senado (Genrōin). Asimismo, la Constitución permite la creación de una serie de partidos como soporte al gobierno constitucional.
En cuanto a la gestión militar, se busca crear un sistema militar sólido formado por los antiguos samuráis del sistema feudal y siguiendo los modelos alemanes y franceses. Este ejército debía garantizar en todo momento el orden interno y proteger al país de los posibles ataques externos que pudieran surgir como consecuencia de las luchas por el control de los territorios.
Referente a los cambios económicos producidos, cabe destacar que se pretende llevar a cabo una especie de Revolución industrial (al puro modelo británico o estadounidense) para potenciar las fábricas estatales y el aumento de la producción. Sólo promoviendo la industria y apoyando la producción con fondos estatales se podía dirigir a Japón hacia el camino de convertirse en una potencia mundial.
Finalmente, en lo que concierne a las transformaciones sociales, es importante recalcar la importante misión del gobierno para promocionar los estudios, creando un sistema educativo totalmente renovado. Por un lado, se contratan profesores occidentales especializados en técnicas militares, navales, científicas y tecnológicas para que los alumnos japoneses adquieran los conocimientos necesarios para poder competir contra Occidente una vez acaben su formación. Se potencia igualmente el estudio de la lengua inglesa y se promueven los intercambios de estudios al extranjero. Muchos samuráis y daimyō son relegados a tareas burocráticas y comerciales, ya que suponían una fuerte carga económica para el estado.

Como ya se ha comentado anteriormente, estos cambios se intentaban llevar a cabo, pero o bien se iban produciendo de manera paulatina, o bien no se producían en la manera esperado, o simplemente no se producían. Muestra de ello, son las manifestaciones que se daban por parte de la sociedad: tanto los samuráis como los daimyō se sintieron defraudados porque según ellos habían perdido muchos de sus privilegios y estaban cobrando sueldos ridículos, así que sus expectativas no se estaban cumpliendo; igualmente, los campesinos y los comerciantes tampoco obtenían beneficios significantes. Los partidos políticos reclaman la instauración de instituciones específicas y ejemplares, mientras que la sociedad más temerosa sufría por los peligros que podía suponer[1] un contacto tan directo con las culturas extranjeras.

Algunos especialistas consideran que este descontento derivaba del hecho que en realidad la Restauración Meiji se trataba de “una revolución cuyo objetivo formal consistía en el restablecimiento de la autoridad imperial”[2] y no se velaba por una auténtica restructuración del país con unos objetivos de modernización claros. Otros, sin embargo, estiman que el hecho de que no se obtuviera un éxito tan rotundo se debe a que se estaban intentando imponer unas técnicas basadas en el modo de actuación occidental que chocaban de frente con el pensamiento tradicional -por ejemplo, la influencia del Shintoismo- que había imperado durante siglos en el país[3]. En cualquier caso, lo que sí se puede desprender de las manifestaciones sociales es que no se produjeron grandes cambios socioeconómicos o, por lo menos, en la manera que esperaba justo después de la Restauración Meiji. Aunque Japón se estaba encaminando ya hacia el estallido como futura potencia mundial, aún cabría esperar unos años más para poder considerarla como tal.

[1] Como por ejemplo la pérdida de su identidad.
[2] ANDERSON, P. (2002). El estado absolutista. Madrid: Siglo XXI de España Editores, p.473
[3] BEASLEY, W.G. (1972). The Meiji Restoration. California: Standford University Press, pp. 300-304

28 de diciembre de 2008

Imperialismo japonés

El final del siglo XIX ya viene marcado por los intentos de modernización de Japón. La Era Meiji (1867-1912) fue testigo de la transformación de un Estado feudal a un estado moderno, aunque no fue tras la victoria japonesa en la Primera Guerra Sino-japonesa y la Guerra Soviético-japonesa en los últimos años de siglo XIX, que Japón no empieza a destacar realmente en el panorama internacional y dibujarse como una gran potencia en Asia en su camino “hacia el poder mundial, tanto en el orden económico (...) como en el orden político y expansivo en Extremo Oriente, tras las conquistas y anexiones territoriales”[1]. Para ello es necesario que Japón haga unos esfuerzos titánicos en tener que conjugar tradición y modernidad, siguiendo los parámetros de los modelos occidentales. Esto implica tener que establecer instituciones democráticas y tener que equilibrar el poder militar (como ya ha demostrado) con el poder económico (pendiente de demostrar) y el político. Una de las vías para conseguirlo es potenciar y establecer unas sólidas relaciones internacionales con el resto de potencias, través del fortalecimiento de las acciones diplomáticas con Francia, Gran Bretaña o Rusia. La instauración de la Era Taishō (1912-1926) aún agudizó más la necesidad de tener que estar a la altura del estatus que estaba alcanzando. Se encontraba bajo la presión de tener que ajustarse a una constitución democrática -que implicaba la difícil tarea de participación de la población en las elecciones- desde el marco de unas instituciones políticas que aún no eran muy sólidas, con lo que el Estado intentó demostrar, una vez más, a través de su potencial militar que podía cumplir con los requisitos que suponía ser una potencia mundial. Es en este momento que Japón se lanza con más fuerza a la aventura colonial, con el ánimo de emular las grandes expansiones territoriales que tenían las potencias occidentales. La Primera Guerra Mundial sirvió para fortalecer la economía y la industria japonesa; como afirma Ian Buruma “el año de 1920 fue el mejor de todos los tiempos para muchos japoneses”[2]. El hecho de haber podido engrosar sus arcas gracias a la intensiva producción para abastecer a las fuerzas aliadas le concede los medios económicos para iniciarse en la aventura expansionista en Asia y ganándose a las potencias occidentales como enemigos. Un poema aparecido en el periódico Yomimuri es una justificación a esta expansión: Japón considera que es justo mantener su statu quo en la zona “we are standing for justice” porque, según ellos, les es debido, puesto que su expansión no es fruto de la búsqueda de intereses -como en el caso de los países occidentales “while they are attacking for profits”-; para Japón, ellos están haciendo lo correcto dentro de su misión de forjador de una gran familia asiática “while we are constructing the great East Asia Family”.

Sin embargo, todas estas palabras no parecen más que un intento de autoconvencerse de que lo hacían era correcto, sin tener en cuenta ningún otro factor que el de incrementar su poder. Japón se inicia en una aventura expansionista por China (agresiones en Manchuria y en el Noreste de China) porque este país le ofrece el escenario idóneo para hacerlo. En ese momento, -los años 30- China disponía de una serie de recursos materiales, humanos y económicos muy tentadores para cualquier país con una necesidad de autoabastecerse. Conocedores de la debilidad del sistema político chino de la época y de la difícil situación interna, podían tirar hacia adelante sus propósitos sin ninguna dificultad añadida; lo que no contaron es que las dos fuerzas políticas adversas se unieron en esa ocasión para evitar un desastre mayor...; quien sabe si de no haber sido así, quizá hoy en día el norte de China no sería territorio chino (o motivo de disputa como el caso de otras islas).

Cuando Japón se encuentra en su momento de mayor fuerza (años 40), y alentado por los sentimientos ultranacionalistas de algunos políticos e intelectuales, como Nishida Kitaro[3], que exaltaban el sentimiento patriótico hasta el punto de creerse una raza superior a todas las demás por la pureza de su espíritu, decide aliarse a los dos máximos representantes del fascismo europeos, Alemania e Italia en el Pacto de Acero, poniéndose consecuentemente en contra de las grandes potencias como Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. Pocos años antes (en el 1937) se había publicado el Tratado Kokutai no Hongi, mediante el cual se incitaba a los japoneses a que abandonen sus pequeños egos y busquen en el emperador la fuente de su existencia[4]. Otros filósofos de la talla de Kitta Ikki hablan sobre la posibilidad de llegar incluso a la violencia (golpes de Estado, guerra) para liberar a los países del sudeste asiático del control y opresión de Occidente: la frase publicada en un artículo de prensa en el Yomimuri es claramente reveladora de esta intención “the influence of the occidental peoples in East Asia must be driven away”. Este tipo de manifestaciones no hacían más que alentar un nacionalismo en exceso, que en última instancia, les lleva a crear un pacto de Acero que les llevará al más completo desastre durante la Segunda Guerra Mundial. Como castigo al boicot de petróleo de las Fuerzas Aliadas, Japón determina un ataque aéreo contra Pearl Harbour que cristalizará en el lanzamiento el mismo año (1945) de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, que relevarán al país a los puestos más inferiores de cualquier tipo d aspiración, así como a una vergonzosa posición mundial y a una anulación del patriotismo ultranacionalista.
El propio desarrollo de Japón le llevó a su ruina. La fuerza militar y el prestigio internacional conseguidos a raíz de su prosperidad como nueva potencia moderna hacen que ellos mismos se retroalimenten de una serie de sentimientos desmesurados acerca de su posición en el mundo que se plasman en los violentos ataques y las atrocidades que lleva a cabo durante su proceso de expansión. Si bien estos procesos de ocupación colonial entrañan dificultades intrínsecas, en el caso del imperialismo japonés aún resulta más complicado y agresivo, por un lado por ese sentimiento de superioridad nacionalista incluso por encima de las mayores potencias mundiales y, por el otro, porque los países en los que estaban avanzando ya había sufrido la experiencia colonial anteriormente y, no estando dispuestos a ser nuevamente colonizados, ofrecen su máxima resistencia.
[1] “La plenitud de la expansión exterior: el imperialismo japonés” en ArteHistoria. Disponible en http://www.blogger.com/www.artehistoria.jcyl.es/batallas/contextos/4423.htm
[2] BURUMA, I. (2003). La creación de Japón, 1853-1964. Barcelona: Mondadori, pp. 67-96.
[3] Considerado el filósofo más importante de inicios del siglo XX, según las palabras de Ian Buruma. Op.cit.
[4] Buruma, Op.Cit.

6 de diciembre de 2008

Señores de la Guerra y Kuomintang

El final del siglo XIX está marcado por el debilitamiento de la Dinastía Qing. La derrota china en la Primera Guerra Sino-japonesa (o Guerra Jiawu, 1989-95) tuvo consecuencias muy drásticas, puesto que supuso, además de las pérdidas materiales y humanas, el cese de Taiwán, las Islas Pescadores y la península de Liaodong a manos de los japoneses tras la firma del Tratado de Shimonoseki[1]. Asimismo, el imperio chino tuvo que renunciar al control de los principales puertos y a los países tributarios periféricos[2]; ya no disponían del monopolio en el ejército militar, ni del control de los impuestos; las rentas del gobierno así como los ejércitos locales se financiaban con los impuestos y las gestiones procedentes del comercio local, los nobles terratenientes y la clase mercantil tuvo que unirse, así como los altos funcionarios y el gobierno central que tuvieron que formar alianzas con los dirigentes y cónsules extranjeros.

A fin de aminorar la grave crisis del gobierno manchú, intelectuales y académicos de grandes conocimientos, como Kang Youwei, propusieron una serie de reformas, influenciadas por sus contactos con el exterior. Así pues, la Restauración Tongzhi y la Reforma de los Cien Días proponían cambios a nivel educativo, legislativo, político, económico, militar y tecnológico a fin de dar “un giro radical en la política interna”[3]. Estas reformas, sin embargo, no dieron su fruto porque el gobierno imperial era reacio a aplicar estas nuevas medidas de influencia extranjera con lo que el imperio era cada vez más susceptible de ser atacado por la creciente colonización. Como reacción al avance del poder occidental en el imperio, fue surgiendo un movimiento nacionalista, respaldado por la emperatriz regente Ci Xi, que culminó con la Rebelión de los Bóxers (1898-1901) contra las potencias occidentales y bajo el lema “apoyad a los Qing, acabad con los extranjeros”. La reacción de las potencias no se hizo esperar: aumentaron su presencia militar y atacaron y saquearon numerosas ciudades del imperio. La corte manchú, temerosa del gran peligro que corre, propuso, bajo el entramado político comunista, una serie de medidas modernizadoras que debían llevar al imperio a la abolición de los exámenes funcionariales para dar paso a escuelas modernas, a una nueva estructuración militar y administrativa, así como a mejoras de tipo social.

Incapaz de ver cómo el poder se le escapaba de las manos, la emperatriz regente Ci Xi se suicida y, ante la renuncia al trono de Pu Yi, se pone fin a siglos de dinastía imperial, para dar paso a la Primera República China, tras una revolución que finaliza el 1 de enero de 1912. Sun Yat-Sen es nombrado Presidente, pero apenas un mes y medio después renuncia a su cargo evitando una Guerra Civil como consecuencia del Golpe de Estado llevado a cabo por el jefe de la armada imperial, Yuan Shikai. Si bien en un inicio consiente la formación de un parlamento bicameral, el aumento de influencia del Partido Nacionalista (Kuomintang) era cada vez mayor, con lo que decidió disolver dicho parlamento en 1913 para frenar el poder nacionalista e instauró una monarquía imperial, consigo mismo al frente, originando grandes revueltas en contra del nuevo sistema que acabaría dividiendo al país.

A la muerte de Yuan Shikuai, las disputas entre los gobernadores locales, ambicionados por conseguir el poder supremo, dieron inicio a la etapa de los Señores de la Guerra (1916-1928). Los Señores de la Guerra eran unos caudillos o líderes militares que gobernaban porciones de territorio chino y actuaban de manera independiente los unos de los otros. Principalmente, se puede hablar de dos grupos de Señores de la Guerra en China: los Señores del Norte liderados por generales partidarios de Yuan Shikuai y los Señores del Sur contrarios a la política de éste. Las luchas por la expansión territorial se extendieron desde la muerte de Yuan Shikuai hasta 1918 y habría que esperar hasta 1924 para de de nuevo se avivaran unas disputas entre ambos grupos que cesaron en 1928. Tal y como muestra el Documento 1, “some warlords controlled only a small district or two [como Yan Xishan o Wu Peifu], but the most powerful warlords ruled over two or three provinces [como Feng Yuxiang o Sun Chuanfang]”[4].

Este período tuvo serias consecuencias para el país a todos los niveles. Económicamente, los Señores tuvieron repercusiones en la agricultura (confiscaban herramientas y animales, así como promovían el cultivo de opio -censurado en 1916), en el comercio (bloquearon muchas relaciones comerciales y se impusieron tasas muy elevadas, confiscaron mercancías para su propio uso y falsificaban el papel moneda a su antojo; tenían un control absoluto del transporte -que era militar- y que retrasaba el flujo de mercancías) y en la industria (empresarios obligados a hacerles donaciones de manera que no se podían invertir las ganancias). En términos sociales, este período fue muy nocivo porque la sociedad era explotada por las altísimas tasas impuestas; además las disputas entre ellos provocaban numerosas muertes y aumentaban la miseria de la población, haciendo que muchos pobres se enrolaran en el ejército en busca de alimento y originando grandes protestas entre los estudiantes y los intelectuales (Movimiento de Cuatro de Mayo), así como entre la población en general. Como no existía un gobierno central que marcara el poder, la corrupción y la inestabilidad se instalaron en el país; los pequeños grupos políticos como Partido Comunista, ese “pequeño grupo político fundado en 1921 por unos pocos intelectuales preocupados por organizar y desarrollar la acción obrera”[5], supieron aprovechar la coyuntura para empezar a consolidarse. En este contexto, Sun Yat-sen -exiliado- vuelve a aparecer en el escenario político del país, con el fin de reorganizar al Partido Nacionalista (Kuomintang), tarea que será relegada a Chiang Kai-shek tras la muerte del primero. Es en este momento que Chiang organiza la “Expedición hacia el Norte” para acabar con el poder de los Señores de la Guerra del Norte y volver a unificar el país. Y así fue: como muestras el mapa, partiendo de Cantón, llegó primeramente hasta el Yangtze, para continuar después hasta Shanghai y Nanjing, donde estableció la capital en el 1928 de un nuevo estado mucho más moderno en el que se llevaron a cabo grandes mejoras a nivel económico, político y social[6].

El Kuomintang llevó al país a una gran estabilidad inicial y a una etapa de grandes avances, sin embargo, no toda la población se sentía identificada con la nueva política; Chiang era acusado de ser un reaccionario, un militar de tradición confuciana que establecía alianzas con la burguesía y los ricos terratenientes para ganarse el favor del pueblo. La clase obrera, cada más numerosa y potente por el respaldo del Partido Comunista, consiguió atraer el interés de los campesinos y de los intelectuales, de manera que se generó una Revolución Proletaria que colocaría al Partido Comunista Chino cada vez más cerca del poder y, aunque inicialmente fue derrotado, no tardaría en recuperarse y coger las suficientes fuerzas para derrocar al Kuomintang tras la Guerra Civil (1927-1949). Por eso mismo, cabría pensar que las bases hegemónicas del Partido Nacionalista no fueron lo suficientemente sólidas para aguantar las presiones una sociedad dividida.

[1] Consultar el contenido del Tratado de Shimonoseki en http://www.blogger.com/www.taiwandocuments.org/shimonoseki01.htm%2005/
[2] “No sólo la región del Ili, sino también las Islas Liuqiu (Okinawa), Vietna, Corea y hasta Birmania”. KING FAIRBANK, John (1990). Historia de China: Siglos XIX y XX. Madrid: Alianza, pp. 118-140).
[3] FERNÁNDEZ LOMMEN, Yolanda (2001). China: La construcción de un estado moderno. Madrid: Catarata, pp. 43-53.
[4] WOO, Philip (1980). “The Early Republic and the Warlord Period, 1912-1928 民初軍閥時期” en The Corner of the World. Hong Kong: TK Chung. Disponible en http://www.blogger.com/www.thecorner.org/hist/china/warlords.htm.
[5] GERNET, J. (2005). El mundo chino. Barcelona: Crítica, p. 563.
[6] Democracia constitucional, establecimiento de la política exterior y de la diplomacia, nuevas relaciones con las potencias occidentales, modernización del sistema legal, nueva política monetaria, reforma financiera y bancaria, construcción de nuevas infraestructuras y redes de comunicación, desarrollo de la producción agraria, prohibición del consumo de opio, mejoras en el sistema educativo, unificación de la lengua, exaltación del sentimiento patriótico, etc. FERNÁNDEZ LOMMEN, Yolanda, Op.cit.

12 de abril de 2006

ZATOICHI: Una de samuráis

SINOPSIS
Zatoichi es un aparente masajista ciego que, guiado por su bastón, se dedica a llevar una vida errante. Sin embargo, se trata de un rōnin extraordinario que, acompañado por su espada, llega a una pequeña ciudad sometida a las rivalidades entre dos bandas: Ginzo y Funahachi. Zatoichi se cruza con una serie de personajes que mantienen diferentes relaciones con los Ginzo, lo que hace que acabe viéndose relacionado indirectamente con la banda, hasta el punto que es el rōnin quien se convierte en el exterminador justiciero, en el liberador de las opresiones de los malvados. Zatoichi es un catalizador para que los personajes solucionen sus problemas. Así pues, tres historias paralelas se van desarrollando a lo largo de la película: Shinkichi se encuentra con Zatoichi en una de las casas de juego de la ciudad. Su adicción a los dados le lleva a tener problemas de dinero con la banda dominante (Ginzo); la inestimable intervención de su compañero de juego, Zatoichi, hace que sus apuros desaparezcan. Asimismo, los hermanos Osei y Okuni, que han consagrado su vida a perseguir a los matones (Ginzo) que acabaron con la vida de toda su familia, encuentran la venganza gracias a la ayuda del temible masajista que lucha con ellos por lo que él considera una causa justa. Finalmente, se encuentra con Hattori, un antológico samurái al servicio de los Ginzo, con el que Zatoichi establece una relación de admiración-respeto que llega a su fin cuando el rōnin se ve obligado a darle muerte para salvar su vida. Con la aniquilación del jefe del clan Ginzo, llega la felicidad de todos los ciudadanos y la felicidad les reúne a todos a excepción de Zatoichi. Durante su marcha se produce la mayor de las paradojas: si bien su ceguera le convierte en el más clarividente de los guerreros, sus agudos sentidos no pueden impedir que tropiece con una piedra del camino.

GUIÓN ORIGINAL
Esta película de Takeshi Kitano no es un guión original. Zatoichi es uno de los héroes japoneses más célebres, gracias a las historias narradas en el pasado por Kan Shimozawa, quien dio vida a un masajista ciego que manejaba la espada como ningún otro guerrero de su época. Pero estas historias datan de hace más de diez años en Japón, con lo que es posible que muchos jóvenes de hoy en día no le conozcan; por este motivo, y según las palabras del propio Kitano, "desearía que mi película les brindara la oportunidad de conocerle" y accedió a las propuestas recibidas para adaptar las antiguas versiones de este personaje a la suya propia. De hecho, del personaje principal, lo único que conserva es su nombre, su oficio de masajista errante y su excepcional manejo de la katana. Sin embargo, Kitano quiso aportar ese toque de originalidad que tanto caracteriza a sus producciones y con sus pericias técnicas creó un Zatoichi nuevo tanto física como psicológicamente: "todo lo demás debía de ser fruto de mi propia creatividad" (T.Kitano). No se limita a seguir las mismas normas que en el guión original o simplemente a adaptar los primeros textos en la búsqueda de su equivalencia fílmica. Lo que importaba era el tema, que era el que contenía el espíritu de lo que deseaba explicar, y el personaje principal, si bien lo somete a varias transformaciones. Zatoichi es presentado como un tipo excéntrico; de hecho el color rubio platino de su cabello así lo demuestra, y además aporta cierta modernidad a una época muy tradicional. En esta versión, el rōnin es independiente, tiene una personalidad taciturna y siempre actúa en solitario, a pesar de sus encuentros con los diferentes personajes. Escucha los problemas de sus nuevos compañeros e incluso está dispuesto a ayudarles a solventar sus problemas con las bandas dominantes de la ciudad. No obstante, mantiene una cierta distancia con ellos; en ningún momento explica nada acerca de su vida y en ningún caso se muestra como un personaje sensible: simplemente, se limita a hacer justicia y/o a defenderse de los ataques de los demás guerreros.


Su forma se luchar también es peculiar. Su manera de sujetar la espada y su manejo están muy mejorados con respecto a las antiguas versiones, además de que el color de la misma también cambia (la funda es de color rojo, mucho más visual y llamativo que el marrón de las anteriores). Representa un ejemplo de feroz instinto de supervivencia.


Los toques de humor que Kitano introduce durante la película también suponen una novedad. Aunque algunas escenas no tienen nada de cómicas, el director introduce ciertos apuntes humorísticos (desenvainar la espada ante un ataque y herir en un brazo a su propio compañero de clan) o personajes (Shinkichi o Ogi) que rozan lo absurdo y restan importancia o severidad a las imágenes que preceden.


Otra de las aportaciones de Kitano a destacar es el uso del baile o de los sonidos de ambiente para seguir la música (escena de los labradores o de los niños chapoteando con el barro), que dan un aire original y divertido a la película.


Cabe nombrar también el uso de las técnicas informáticas, a las cuales el director recurre para plasmar las escenas más sangrientas.


Así pues, vemos que a pesar de que esté basada en otras historias del mismo héroe, en esta ocasión se trata de una versión totalmente innovadora que ha hecho que este clásico vuelva a estar de moda, pero con una concepción bastante diferente; además, la película ha despuntado en su género y ha contribuido a la creación de una nueva generación de películas de samuráis.


SAMURÁI Y RŌNIN

“Samurái”( 侍) es el término comúnmente utilizado para referirse a los guerreros de Japón, sin embargo, abarca una realidad mucho más amplia.
Los orígenes del samurái se encuentran en el período Heian; “saburai” (servidor) era el nombre con el que se designaba a los guardias del palacio imperial que estaban al servicio de un señor que les proveía de armas a cambio de defensa. A finales del siglo VIII, con su afán de expansión territorial, el emperador Kammu envió a los soldados imperiales a luchar con las tropas enemigas, pero fracasaron dada su poca preparación para desempeñar esta función. El emperador decidió proclamarse “shōgun” 将軍 (gran general) y empezó a delegar poder a los clanes regionales o daimyō (大名). Estos clanes nacieron con los grupos de granjeros que se unieron para luchar contra la tiranía de los gobernadores de sus tierras. Gracias a sus severos entrenamientos, se convirtieron en expertos guerreros y fueron adoptados como las nuevas tropas imperiales en detrimento de las ya existentes. Estos guerreros se unieron y formaron los clanes regionales, que giraban en torno a la autoridad de un jefe de clan o “tōryō” (頭領). La mayoría de estos jefes regionales eran vasallos (gokenin, 御家人) de los shogun. Muchos de estos guerreros vivían en aldeas y administraban sus tierras mientras se adiestraban en las artes militares, dispuestos siempre a servir a sus jefes en el campo de batalla. Si bien en un principio, se encargaban de someter a los rebeldes que se sublevaban, muy hábilmente supieron ir amasando el poder suficiente para derrocar a la autoridad imperial y formar su propia forma de gobierno; es lo que se conoce como la etapa de hegemonía samurái. Los clanes de samuráis se convirtieron en los guerreros de la nobleza, de manera que con el contacto con ésta les llevó a adoptar sus aficiones como la caligrafía, la música o la poesía; esta influencia hizo que a finales se adaptaran muy bien a la corte, hasta que finalmente abandonaron sus tareas militares para gestionar las tareas administrativas de los daimyō.


De entre las costumbres que más han trascendido de los samuráis podemos encontrar sus magníficas habilidades con la “katana” (刀); aunque en sus inicios utilizaban el arco en las batallas y muy posteriormente (y por influencia europea) las armas de fuego, los samuráis son famosos por el arte de luchar y de manejar sus espadas, aunque para ellos se trataba más de un símbolo de estatus o de poder.


Se regían por un código ético muy estricto, el bushidō (武士道 ), que era la base de la filosofía samurái y que les instruía en aspectos como la lealtad, la valentía, la fidelidad o el honor. Si se daba el caso de la pérdida de este último, estaba movidos por la obligación moral de practicar el “seppuku” (切腹) o suicidio por honor que consistía en un suicidio ritual por desentrañamiento.
Es sabido que el budismo Zen tuvo gran influencia en la clase samurái; exigía una enorme disciplina y concentración, a través de la cuales se podía alcanzar el “satori”(悟り) o iluminación. Llegó a encandilar a los samuráis, que lo practicaban para superar el reto de tener que afrontarse a la muerte constantemente y conseguir apaciguar sus mentes.


Las vestimentas de los samuráis también eran muy peculiares. En función de la estación del año o del período al que pertenecieran, los trajes fueron variando, pero la pieza básica, el kimono, seguía siendo insustituible. Éste era atado a la cintura por un “obi” (cinturón) que servía a la vez de sujeción a la katana. Calzaban “geta” o zuecos de madera y sus peinados constituían una parte importante de su apariencia; los más comunes eran las coletas anudadas a lo alto de la cabeza o la rasuración de la parte superior de la cabeza, como si tratara de una prolongación de la frente.


No era habitual que los samuráis contrajeran matrimonio, dada la falta de tiempo y de oportunidades para dedicarse a esta labor. Sin embargo, los que sí estaban casados era porque guerreros de rango superior a la suya así lo arreglaban para que se juntaran con mujeres pertenecientes a familias de samuráis. La principal obligación de estas mujeres consistía en manejar a la perfección todos los asuntos del hogar y para ello eran educadas ya desde pequeñas con mucha disciplina. El samurái tenía derecho a tener amantes (siempre bajo la supervisión de los guerreros de rango superior) e incluso de desechar a sus mujeres, aunque el divorcio era una práctica que raramente se llevaba a cabo. Asimismo, son conocidas las relaciones pederastas mantenidas por los samuráis, aunque para la sociedad samurái eran prácticas honorables y muy importantes.

Los rōnin (浪人) eran los samuráis que no pertenecían a ningún daymiō y que, por lo tanto, no tenían amo. Durante la época feudal había algunos clanes que perdían a sus amos porque se arruinaban o porque caían en alguna lucha. Otras veces, había samuráis que eran expulsados de los clanes por algún motivo que hubiera contrariado al jefe de la banda. Cuando alguna de estas situaciones se daba el samurái se convertía en “huérfano” y no tenía más remedio que partir y llevar una vida errante, a la espera de poder encontrar algún clan a quien poder proteger y que estuviera dispuesto a “adoptarle”, aunque raramente sucedía. Si un rōnin conseguía entrar en un daimyō y jurarle lealtad se convertía inmediatamente en un auténtico samurái. Cuando los rōnin no conseguían entrar al servicio de un clan, sólo les quedaba la opción de dedicarse a tareas de mercenario, guardaespaldas, maestros de esgrima o simplemente a vagabundear, ya que al no poseer tierras, debía ganarse su sustento, pues no es concebible para un samurái el vivir del diezmo recibido.


En la película Zatoichi esta figura está representada por el propio Zatoichi (samurái-masajista errante) y por Hattori, el guardaespaldas de la banda Ginzo.


PERÍODO DE HEGEMONÍA SAMURÁI

Si bien los orígenes del samurái se encuentran en el siglo VIII, el comienzo de la supremacía guerrera no llega hasta la época del gobierno shogunal, a finales del siglo XII (período Kamakura 1185-1333); la presencia de la clase guerrera samurái perdura durante siete siglos, hasta el período Edo (1600-1868). Por lo tanto, estamos antes una etapa de la historia muy amplia, a través de la cual se van desarrollando varios períodos con sus respectivos hechos históricos y características:

KAMAKURA (1185-1333)
Shogunato Minamoto

EDO (1600-1868)
Shogunato Tokugawa

MOMOYAMA (1573-1600)

Shogunato Nobunaga + Hideyoshi

MUROMACHI (1333-1573)
Shogunato Ashikaga


A partir de la época Kamakura, la estructura política, social y cultural de Japón sufrió enormes transformaciones y es que, con la clase samurái al poder, todos estos aspectos se vieron enormemente influenciados por sus costumbres.

· ASPECTOS CULTURALES

Es en el siglo XIV que Kyoto revive como centro comercial y cultural. Éste es el período más fructífero de la historia de Japón. El desarrollo cultural de esta época viene marcado por dos aspectos: la influencia samurái y la influencia del budismo Zen. Así pues, éste es el período en el que los señores feudales hacen construir voluptuosos castillos a modo de fortalezas (Castillo Azuchi), pero también es cuando se edifican templos majestuosos como el Pabellón de Oro, con grandes rasgos de budismo Zen. De la misma manera, aparece la fabricación de katanas como una importante profesión, muy útil para los samurái, pero también florece el arte de la cerámica como consecuencia del auge de la ceremonia del té (como medio de búsqueda de la estética Zen). Se escriben relatos bélicos sobre la lucha por el poder de los clanes, aunque éste es también el período de la poesía (Sōgi) y de los haiku (Bashō), breves meditaciones de carácter budista Zen. El refinamiento y la sencillez del teatro Noh (XIV) y el Kabuki y Bunraku (finales XVI) son otras manifestaciones marcadas por la nueva estética. Asimismo, tienen un fuerte desarrollo en esta época el ikebana (arreglo floral) y el ukiyo-e (pinturas del mundo flotante), siempre siguiendo el pensamiento Zen.


· ASPECTOS RELIGIOSOS

El budismo es sin duda la religión que marca este período. A pesar de ello, el pensamiento religioso va evolucionando en tres etapas. La primera, durante la época Kamakura, en la que el budismo desarrolla nuevas escuelas de pensamiento y nuevas doctrinas (escuela de la Verdad de la Tierra Pura o el Nichiren). Es en la segunda etapa, Muromachi y Momoyama, en la que arraiga la vertiente Zen sobre todo entre la clase samurái y que, rápidamente, alcanza una gran influencia en todos los aspectos culturales de la época, que se extienden hasta la actualidad. Durante esta segunda etapa, llega el cristianismo al país de la mano de San Francisco Javier; tiene una buena aceptación especialmente entre 1549-1639, si bien en 1609 se convierte en una religión prohibida. La tercera etapa, Tokugawa, es característica porque el neoconfucianismo y el sentimiento de superioridad que promulga (muy conveniente al sistema de gobierno de la época) se convierten en la filosofía ortodoxa del país. Sin embargo, hay un resurgimiento del sintoísmo que culmina con la creación de la Escuela del Aprendizaje Nacional.


· ASPECTOS SOCIO-ECONÓMICOS

La división del país en multitud de dominios feudales gobernados por los daimyō favoreció a empeorar la situación de los campesinos. Cierto es que en cierto momento los campesinos gozaron de una pizca de libertad que les permitió comprar sus propios terrenos. No obstante, el ritmo de vida despilfarrador que llevaban a cabo los daimyō y los samuráis, así como la presión económica derivada del aumento del coste de vida, hicieron que las clases dirigentes sufrieran dificultades económicas importantes que intentaron sufragar con el aumento desmesurado de impuestos a los campesinos. Esta situación se convirtió en insostenible para muchos y les llevaron a cometer actos terribles para sobrevivir (infanticidios, abortos, prostitución…).
La fuerza física y el valor militar eran dos requisitos indispensables para poder llevar una vida holgada. Con ello, la situación de las mujeres se vio muy debilitada y, con la pérdida de sus derechos, se la relegó a una posición inferior a la de los hombres; en la mayoría de los casos eran tratadas como esclavas. Esta etapa es característica también por el auge que vivieron algunas ciudades; algunas incluso llegaron a convertirse en importantes centros comerciales. La educación adquirió cierta importancia durante esta época, ya que es cuando las escuelas se convierten en instituciones docentes.


· CONTEXTUALIZACIÓN DE ZATOICHI

Existen una serie de factores que me hacen situar la película Zatoichi durante el período Edo, por lo tanto, a finales de la etapa de la historia de hegemonía samurái.
Si nos basamos en los aspectos técnicos de la película, deducimos que Zatoichi es una de estas películas pertenecientes al género “jidaigeki” (時代劇), literalmente “período de drama”; este período suele asociarse con la época Edo de la historia de Japón. Todas las películas de este género comparten una serie de características, muchas de ellas muy presente en esta producción de Kitano. Por ejemplo, encontramos que es muy usual que narren las aventuras de un personaje errante. Zatoichi es un rōnin y, como tal, anda de una parte a otra sin asiento fijo. La posición social de los protagonistas es un aspecto importante para identificar las jidaigeki. Zatoichi es masajista, profesión muy habitual entre las personas ciegas de la época; Hattori se ve obligado a recurrir al trabajo de guardaespaldas para incrementar sus ingresos económicos y poder proporcionar un tratamiento médico a su esposa enferma. El hecho de tener que buscar una faena extra es muy recurrente en estas películas. Es necesario que antes de que concluya la cinta el protagonista muestre sus dotes de samurái ante “el malo” y salga vencedor. La lucha entre Zatoichi y Hattori sucede pocos minutos del final. Durante las luchas que se muestran a lo largo de la película, “los malos” nunca atacan al mismo tiempo al protagonista, como si cada uno esperara su turno para ser derrotado. En este punto también coincide “Zatoichi”.
Si nos fijamos en algunos detalles, podemos asimismo deducir que se trata de esta época. El arma utilizada durante todas las luchas es la katana o los puñales y no el arco, que fue el arma característica de principios de la época de los samuráis. Durante el enfrentamiento entre las geishas y la banda Ginzo, Ogi empuña un arma de fuego. Este tipo de armas sólo empezó a introducirse en Japón a mediados del siglo XVI con la influencia europea; Hattori es un claro ejemplo de las dificultades económicas que sufrieron algunos samuráis en la época Edo que, como ya hemos visto, deben recurrir a trabajos extra. Además, lleva bigote; dejarse crecer el bello facial era un símbolo de distinción durante el período Edo.
La abundancia de los barrios de burdeles y las casas de té son típicas del período Tokugawa.

COMPARATIVA CON EL PERÍODO HEIAN



El entorno político de la era heiana está marcado por la descentralización llevada a cabo por el poder imperial. Las tareas administrativas de la periferia fueron delegadas a manos de regentes imperiales, cuyo poder fue acrecentándose con la adquisición de los shōen o latifundios. La fuerte presión de los gobernadores locales acabó debilitando las fuerzas del orden y el poder militar de la corte y marcó el inicio de la decadencia del poder imperial que más tarde daría paso a un gobierno ejecutado por estos regentes.

La base económica del país era la agricultura (principalmente del arroz), la cual durante este período se vio beneficiada con grandes novedades que impulsaron un gran crecimiento de este sector. Sin embargo, el fuerte control por parte de los clanes regionales restringían la libertad de movimiento de los campesinos; del mismo modo, los grupos artesanales también estaban oprimidos por los gobernadores locales.

El papel de la mujer en esta época fue crucial; la mujer no sólo era la cabeza de familia sino que además la sociedad se movía según el sistema matriarcal; incluso en las familias imperiales, a veces, ocupaban el trono. El esposo vivía separado de su familia y la poligamia y los matrimonios consanguíneos estaban a la orden del día.

El Emperador ejercía un papel religioso que estaba respaldado por el pensamiento sintoísta, muy arraigado en la época; conceptos como la vida y/o la muerte se explicaban gracias a la filosofía sintoísta. No obstante, fue durante esta etapa heiana que el budismo empezó a proliferar (especialmente entre las clases altas); aparecieron nuevas sectas como la Tendai (Plataforma Celestial) o la Shingon (Palabra Verdadera). En un intento de conciliación de budismo y sintoísmo nació el Sintoísmo Dual.

La corte heiana propició el florecimiento cultural e intelectual del país. Las manifestaciones artísticas contenían una fuerte dosis de influencia china, como lo demuestra el auge del arte de la caligrafía, muy desarrollada en esta época, en la que la sensibilidad y la apariencia era sumamente importante; este factor dio origen al nacimiento de un lenguaje muy cuidado, repleto de términos respetuosos y muy educados, el “keigo” 敬語. Pero, a pesar de que la cultura china estuviera muy presente en las nuevas creaciones, en literatura, también hubo artistas que consiguieron aportar su toque de innovación, como lo evidencian el Man’yōshū o el Genji Monogatari, cargados de enorme efecto estético; también son de esta época los “waka” o poemas de 31 sílabas y los yamato-e, pinturas de escenas de la vida cotidiana japonesa. La arquitectura tomó un aire innovador; la influencia budista hizo que se masificara la construcción de monasterios muy adornados, e incluso las casas adquirieron formas peculiares y agregaron nuevos elementos (como las puertas correderas).
BIBLIOGRAFÍA

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www.aboriginalart.com.au/ 12/04/06, 16:12 h
www.samurai-archives.com/guestart.html 12/04/06, 17:05 h
www.wsu.edu 12/04/06, 16:38 h

MIKISO, Hane: Breve Historia de Japón, Madrid, Alianza Editorial, 2003
STANLEY-BAKER, Joan: Arte Japonés, London, Thames and Hudson Ltd, 2000
Atlas de Japón, Barcelona, Ediciones Folio, 1995